Ramiro y las consecuencias
domingo, 1 de febrero de 2009
Camina mil pasos exactos y después mira hacia atrás: nunca hay nadie.
La vereda es pequeña, llena de otros miles de pasos que llevan hacia la selva espesa, verde de malangas, aves del paraíso y como un millón de gotas de rocío.
En una hoja hay una mariquita, es pequeña, de alas rojas, motas negras y camina rapidito. Ramiro la toca suavemente y la mariquita emprende el vuelo hastiada, buscando otra hoja donde posarse, libre de dedos molestos.
Ramiro sigue su camino rumbo a la montaña, va silbando una tonada que se le ha quedado pegada desde anoche, cuando pasó por el centro del pueblo y escuchó la radio. En el centro todos se congregan para escuchar la radio, mientras dura encendida la planta de luz. Después se le termina el alma y regresan los ruidos de la selva.
Una vez Ramiro se topó con un tigre, tenía la cabeza grande y garras filosas, pero Ramiro no tuvo miedo; se acercó despacito, tratando de tocarle el dibujo de la piel. El tigre no lo sintió venir, pero cuando Ramiro crujió un palito, se alejó dando un salto enorme. Ramiro vio entonces que el tigre se estaba comiendo un venadito, rojo él de sangre tibia. Esa tarde, cuando Ramiro bajó del monte, traía al venadito envuelto en un sarape. La gente del pueblo se asustó, algunos fueron por los fusiles, pero Ramiro les dijo muy quedito: no es necesario, yo ya lo asusté y se fue a la sierra...
Sabor rosa
lunes, 12 de enero de 2009
Méndez siempre estaba ahí, encerrado en el archivo. Los otros empleados le consideraban casi parte del mobiliario y solían chancearse de él:
Mendez es el mueble más longevo de esta oficina
Y también el más confiable, incluso más que la vieja copiadora, por que esta se ha descompuesto tres veces, mientras que Méndez ni siquiera se enferma
Habría que incluirlo en el presupuesto de mantenimiento...
Y soltaban la carcajada del lunes por la mañana, mientras Méndez se ocupaba en clasificar la correspondencia del día.
Y es que para Méndez, su trabajo lo era todo. No había para el nada más importante que ese microuniverso delimitado por las cuatro paredes del archivo de la notaría, lleno hasta el tope de libros, olor a tinta y esa naftalina con la que exorcizaba a los insectos ávidos de celulosa, jurados enemigos del archivista.
Tal era la vida de Roberto Méndez auxiliarcontableyjuridico y nada más. Huérfano desde niño, había quedado al cuidado de su tía abuela, que le empleó en su tienda de utramarinos como almacenista, recadero y - cuando tuvo altura suficiente – dependiente de mostrador. Tal fue la vida de Méndez hasta que cumplió los 18, fecha en la que, al regresar de su consabido paseo dominical, encontró sus pocas cosas empacadas y la petición amablemente inflexible de que se mudara a un pequeño departamento, con la renta de seis meses pagada y una despensa llena de diversas latas.
- Cásate, no hay nada mejor para obligarte a ser independiente
Le había dicho la tía, con las canas revueltas y el rostro todavía encendido, mientras el gordo bigotudo, encargado de la trastienda (de recentísima contratación) se ajustaba con disimulo socarrón, los pantalones. Mientras la tía renqueaba de regreso al mostrador, Méndez se sintió como aquel gato viejo, desechado hacía algunos años, cuando ya no pudo cazar más ratones.
Esa misma tarde (mientras contemplaba la austeridad de su nuevo departamento, de muebles escuetos y paredes sucias) Méndez descubrió que por primera vez en su vida, se encontraba realmente solo.
II
La chica del jueves llegó como siempre, puntual, ejecutiva, deslumbrante. Méndez tenía problemas para respirar y sudaba copiosamente cuando ella llegaba, a pesar de que venía viéndola desde hacía ya más de un año y de que la rutina había sido la misma siempre: Ella le lanzaba esa sonrisa llena de dientes perfectos y le pedía que le archivara tal o cual documentación - Labor que Méndez hacía rápido y con gran cuidado.
- Usted siempre tan esmerado en su trabajo, Roberto
Decía ella sin dejar de sonreír, y para el desdichado Méndez, ese era el mejor día de la semana. Después venían los hastaluego y el sonido de sus tacones alejándose sobre el corredor.
- Ni te hagas ilusiones
Le había dicho el chofer, cuando le sorprendió con la mirada perdida en las caderas que se alejaban
- La chulada esa anda con el hijo del mero-mero macizo y anda agüevo tras el billete.
- En una de esas hasta le pone casa – acotó la del mantenimiento
Méndez tuvo que asentir, avergonzado con la sensación de haber sido pillado desnudo.
Méndez entonces se halló caminando solo, a las tres de la tarde, en la calle y sin actividad por hacer ni lugar a donde ir. Fuera de su archivo muerto - donde la existencia tenía un orden y un lugar específico - la ciudad le parecía una enórme vorágine de cosas sin sentido, gente y automóviles en inminente curso de colisión, tendencia a un caos y desorden incontrolablemente insoportable y todo bullendo sobre sí mismo... como era de esperarse, a los veinte minutos de vagar por el centro de la ciudad, tuvo un ataque de ansiedad, producto de esa agorafobia que sabía existente pero que nunca había sido puesta a prueba - entraba a la oficina muy temprano y salía de ella muy tarde - en su desespereación hiperventilante y visión borrosa alcanzó a ver un letrero de letras rojas - museo de arte de la ciudad - y se encaminó hacia allí, con la intención de pedir prestado el baño, o el teléfono (nunca había tenido celular, por que no tenía a quién llamarle y en la oficina existía la concepción de que vivía en el archivo de manera permanente) Dentro del museo no había nadie, pero había una banca vacía y un dispensador de agua, que Méndez apuró para beber de un vaso cónico de papel. Al tercer trago se sintió mejor, su respiración estable y la sudoración se había detenido, así que se sentó en la banca. En ese momento, al alzar la mirada, notó la pintura.
Era un cuadro bien hecho, de línea segura y detalles suaves. En el se pondía ver a un hombre delgado, vestido de una manera sencilla y monocromática, que daba la impresión de ser alguien apocado, empequeñecido por su propia piel opaca y sin brillo en los ojos, que parecían ausentes... el cuadro en sí no hubiera resultado interesante salvo por una cosa: el hombre tenia un agujero justo en el pecho, por donde se podía ver que su corazón estaba hecho de una sustancia que a Méndez le pareció gelatina de leche, de un color rosa intenso... Méndez entonces se dió cuenta de que el hombre le sonreía desde adentro del cuadro - soy tu, imbécil - parecía decirle, mientras se tocaba el corazón de gelatina... era el, sin lugar a dudas... ahi estaba su misma cara, su misma expresión y su misma ropa, sonriéndose desde el interior del lienzo. Méndez no pudo más y salió corriendo del museo, histérico y gritando. Ocho cuadras mas adelante, le arrolló un camión urbano, lleno de adolescentes de secundaria.
El curador se había quedado mudo, la pintora lívida, masticando prácticamente el cigarrillo - ¡como que no saben...! ¿que nadie vio nada?
- El guardia de seguridad solo se ausentó un minuto, para venir a tomar instrucciones mías para el evento de esta noche
- ¿Y eso en que me ayuda? no tengo registro fotográfico alguno de esa obra, apenas la pinté la semana pasada y nisiquiera figura en ningún catálogo...
- Le repito que se trata de un hecho lamentable, pero confiamos en que las autoridades podrán recuperar el cuadro, en Mérida no hay muchos lugares para vender arte, en especial tratándose de la opbra de una artista reconocida como usted...
- Reconocimiento mis huevos... - dijo la pintora, mientras levantaba la ceja.
------- oo ---------
Méndez es un hombre nuevo desde que salió del hospital. Renunció al trabajo en el despacho del licenciado Antúnez (argullendo dolencias a la hora de subirse a la escalerilla del archivero) y ese mismo invitó a cenar a la secretaria guapa, solo para recibir la noticia de que ella ya estaba comprometida en matrimonio con el Junior, que toda la ciudad sabía rampante homosexual. Méndez soltó la carcajada mas grande de toda su vida y salió a la calle a bañarse con su aglomeración urbana y humana. Eventualmente devolvió el cuadro robado a su dueña, quien le dejó marcharse mansamente, después de escuchar de sus labios la historia de su locura temporal y de como los médicos habían colgado el lienzo junto a su cama, pensando que era obra suya.
Méndez vive ahora con una mujer que vende disfraces y colecciona cristales de esos que devuelve el mar... se conocieron en la calle, donde Méndez trataba infructuosamente de aprender a tocar el tambor. Esa misma noche, frente a un par de helados, ella rió mucho cuando el le reveló su virginidad, para luego llevárselo a la cama y acariciar por horas el pecho cansado, mientras el contemplaba sin decir palabra los accidentes topográficos del techo. Desde ese día y cada mañana, al despertar, Méndez toma su mano...
Cold blend
martes, 23 de septiembre de 2008
El chiste era una nueva ruta en medio de la selva, para poder cruzar la fayuca, alcohol y demás asuntos, sin toparse con aduanas, policía y soldados. El problema de la transportación posterior - hacia la ciudad y sus mercados, librando los retenes - quedaba saldado con el camión gasero, cargado con algunos cilindros de doble fondo, que sabiamente escorados entre los normales, podían engañar a algún agente suspicaz. Bastaba con abrir un poquito la válvula para que el olor pestilente del gas butano llenara el ambiente y nos granjeara el paso a la abundancia econónica de los bienes sin impuestos. Esa misma noche, en la cantina, todos celebraron la idea, haciendo planes, dedicándole canciones y palmeándole la espalda. El güero ojos de gato parecía tener todas las respuestas en esa sonrisa con diente de oro. Al calor del trago no faltó quien le invitara a comer a casa al día siguiente, quién le ofreciera el apadrinamiento de algún rapaz o incluso le llamara hermano del alma; mientras que el cantinero no dejaba de hacer su luchita, preguntándole sobre el tipo y cantidad de botellas de wiski que sería capaz de cruzar, haciendo cuentas mentales con el margen de ganancia fabuloso, enorme, que el trago Beliceño le daría con la reventa. Incluso las dos únicas prostitutas del lugar (la chaparrita peliteñida Guatemalteca y la Morena de fuego Chiapaneca) se enfrascaron en una feroz pelea por llevarlo a su cama esa misma noche, seguras que el güero era el próximo hombre importante del pueblo. Entre corrido y corrrido, el futuro lucía felizmente dorado, acariciable y catrín.
Así mismo lo hallaron a la mañana siguiente, sentado en su camión frente a la cantina, sonriéndole a la muerte de oreja a oreja, tan frío como un Jack Daniel's. El doctor que mandaron a traer desde Campeche certificó el deceso a las cuatro de la tarde. Como causa de muerte anotó la ingestión accidental de una gran cantidad de metanol. A sus pies se halló una botella de Buchanan's a medio beber, sin sellos federales
Apnea
De joven solía ser un cabrón, de esos a los que nadie en su sano juicio les da la espalda por demasiado tiempo, so pena de arriesgar su seguridad personal. Me divertía sobremanera las reacciones de la gente a la que presionaba de alguno que otro modo: el policía de esquina que no se atrevía a detenerme, la viuda de la fonda que fruncía el ceño cuando me servía unos huevos a la albañil bien picantes, que por supuesto no pagaba - la protección señito, la protección - decía, mientras reía socarrón; Incluso las monjitas del convento cercano se santiguaban cuando pasaban cerca de la esquina que yo usaba como centro de operaciones, observatorio y base de rapiña. Tenía buenos músculos, mejor altura y una quijada de acero, dispuesta a lo que fuera con quien fuera, el que no me temía me respetaba.
Eventualmente, el político del barrio halló mis habilidades con los puños muy útiles a la hora de las elecciones, pues bastaba con que se mencionara mi nombre para que nadie del partido opositor se presentara en casilla, permitiendo la compra de votos, coacción y demás marrullerías de las de esa época.
Con todo, mi verdadero ascenso en el mundo de la violencia se dio cuando mi patrón - el ya Señor Diputado - ordenó que se me diera un arma, y se me enseñara a usarla. Nunca había tenido un arma en la mano, mucho menos disparado antes, pero al momento de sentir el frío poder que da una 45 supe que mi vida cambiaría para siempre; mucha sangre correría bajo mis pies desde entonces, me volví un gatillo fácil, una bala perdida con poca paciencia y mucha puntería.
La violencia paga, y con los años, nos fuimos pa'rriba, muy arriba: reloj de oro, cadena de plata, zapatos buenos, Dom Perignon con agua mineral para desayunar y una variedad de putas pintadas de rubias para cenar a diario langostino de tierra. Lo tenía todo, y vaya que si lo disfruté.
40 años después estoy sentado en este parque, recordándolo todo. La vida pasó así, como el tren bala japonés, en un borroso instante. A veces perdoné a alguien, a veces los nudillos se me ponían calientes y vicosos de tanto machacar el cartílago nasal de quien me ordenaran, de quien no me respetara o de plano, de algún caememal gratis, Aun así, me parecía que la vida era buena conmigo, por que yo era un hijodeputa con la vida.
40 años han pasado y todo se resume al saco de huesos en que me he convertido. Un curtido exibidor de cicatrices y dolor de rodillas, una bala del 22 en la cabeza y la pierna con dos clavos, que me duele los días que hace frío. Casi no tengo dinero, después de haberlo tenido todo; vivo en la que fuera casa de mi madre, ya que las demás propiedades las perdí, me las jugué o se las regalé a las mujeres que me abandonaron cuando el dinero se terminó. Tengo una escueta pensión que no me permite comer carne diario, aunque de todos modos con estos dientes falsos no se puede masticar gran cosa...
Pero nada es tan cabrón como respirar... cada respiro es mas doloroso de completar que todas mis batallas juntas, cada contracción del diafragma es como arrancarse las bolas con las uñas... un infierno de silbidos y poco aire para dar siquiera diez pasos... apnea, puta apnea.
Miguelito
domingo, 21 de septiembre de 2008
Lo interesante de caso es que junto al miguelito, en la misma banca de parque, había también un celular; un Sagem X7 bastante cuidado, casi sin rayones en la pantalla, aunque eso sí, las teclas presentaban esa decoloración característica del celular de mujer, resultado del seguro exceso diario de mensajes de texto. Miré el perfil, Lucía. Miré en sus fotografías, una de ellas era obviamente ella y la reconocí al instante: era la cajera del banco de frente al parque, la que me había atendido el dia anterior... no pude resistir la tentación, así que me leí todos sus mensajes de texto, nada fuera de lo normal,

Busqué en sus números telefónicos, encontré "casa" y llamé.
Mujer Desconocida (con tono de gente mayor): ¿bueno...?
Cheyo Pimienta: perdón ¿se encuentra Lucía?
MD: creo que se está bañando ¿quién la busca?
ChP: Gillermo, Gillermo Puertas para servirle
MD: Déjeme ver si ya salió del baño señor puertas, no cuelgue
ChP: (aguantando la risa) Ok, gracias
un par de minutos después...
MD: Oiga, ¿que en relación a que es?
ChP: Pregúntele si le gustan los miguelitos
MD: ¿Como?
ChP: Que si perdío su celular
MD: ayyy siii... lo acaba de perder hace un rato
ChP: ¿y no le gustaría recuperarlo?
MD: pues yo creo que sí, a la pobrecita le costo bien caro ese dichoso celular, siempre se queja de que el "plan" le sale muy caro
ChP: es que esos planes son rete caros seño, figúrese nomas que yo ya no me afeito diario... para poder ahorrar en rastrillos y así pagar mi propio plan
MD: Es que este mundo cada dia es mas caro... pero ni modo, es una tranquilidad para mi y para su mamá poder estar en contacto con ella
ChP: pues eso sí, hay cosas que ni que...
Se oyen un par de sonidos... click click..
Lucia: ¿Bueno?
ChP: Como el pan...
Lucía: ¿Perdón?
ChP: Tenemos secuestrado su celular, no haga nada astuto por que le podemos hacer daño...
Lucia: (rie ligeramente) no comprendo... ¿quien es usted?
ChP: la persona que encontró su celular en una banca
Lucia: ay... ¿y habrá forma de recuperarlo?
ChP: respóndame un par de preguntas antes
Lucía: ok
ChP: ¿con qué regularidad disfruta usted de esas pequeñas golosinas aciduladas llamadas "miguelitos"?
Lucía: A veces me escapo del trabajo y me como uno... pero oiga ¿que tiene que ver ...?
ChP: va la segunda pregunta: ¿como considera usted que va su relación con "pancho" ?
Lucía: ¿Con pancho?
ChP: si, con pancho
Lucía: pues si se refiere a mi perro, pues supongo que va todo lo bien que puede ir una relación con un perro chihuahua...
ChP: (riéndose) ok Lucía, mañana tendrá de nuevo su celular en sus manos
Lucía: ¿pero como...? ¿le puedo ver en algún lugar?
ChP: Adiós lucía...
**Click**
Mariposas y cebras
(fragmento)
Camino al teatro no hablamos, hasta que ella encendió el autoestéreo y empezó a sonar alguna pieza de Brahms
- ¿Podemos escuchar algo? - me preguntó con esa sonrisa intensa, de mil diablos carmín. Yo toqué el botón de eject y el disco de Brahms quedó tornasol, entre mis dedos
- Este no es uno de mis discos preferidos , de hecho me caga...
- ¿entonces por qué lo estabas escuchando?
- mi ex novia Mara debió ponerlo, me lo regaló en alguna fecha especial, creo; y ya que hace dos días le presté el automóvil, seguramente lo puso a propósito.
- ¿La extrañas?
- ¡diablos, no! ...es solo que no se negarme cuando me pide un favor
Puse el disco en su cajilla. Se veía nuevo, dorado y reluciente, como el día en que me lo habían regalado. Pasé mis dedos por sus contornos, sobándolo, madurando la idea ...y lo lancé por la ventana, con fuerza. Gaby soltó un gemidito de sorpresa - de esos de niña que hace travesuras - mientras el disco estallaba en la calle, contra de un muro, en mil coloritos refulgentes. Puse otro disco, alguno al azar y “American Woman” sonó estridente, como si hubiera sido grabada ayer. Gaby sonrió aún más - por poco pierdo el control del volante - le subió al volumen y tomó un cigarrillo de mi cajetilla, que terminó en su boca... ¡esa boca!
Tomamos la carretera que conduce al puerto más cercano, Gaby cantaba a todo pulmón dude looks like a lady y yo la acompañaba con los coros. Hacía lo menos quince años que no cantaba así, me dolía un poco la garganta, pero me sentía liberado, poderoso y juvenil. Miré el velocímetro, estaba manejando a poco menos de cien km/h y sentí de pronto la necesidad de acelerar. Todo este asunto de la música, la chica en el asiento de junto, su perfume de flores y su boca de carmín furioso me estaban sacando de ese cómodo control adulto, de ese hartazgo que llega con la edad. En un flash me acordé de Alejandro, mi amigo muerto en este mismo tramo cuando ambos éramos adolescentes: murió instantáneamente salirse de la carretera. Me pareció ver su fantasma, estaba en mi cabeza, con sus chistes baratos y actitud burlona, yo nunca fui tan valiente como él, nunca tan estúpido ni tan joven. ¡Métele pata wey... manejas como viejita...! me dijo su recuerdo sonriente mientras le miraba las piernas a Gaby, así que hundí mi pié en el acelerador hasta que el auto comenzó a rugir lenguas de fuego. Alejandro gritó esa noche como si estuviera vivo, ¡¡AHUEVOOOOOOOOOOO!! y a mi se me humedecieron los ojos un poco.
El mar estaba en calma, la brisa soplaba suavemente y a lo lejos se veían pequeñas lucecitas doradas, seguramente barcos ligeros, pescando en medio de la noche. Gaby estaba bebiendo una cerveza - ella me había indicado donde comprarlas - y yo cargaba las restantes entre mis dedos - vamos, es por aquí - me dijo casi en secreto y yo la seguí por la arena y la oscuridad hasta una casa junto al mar, de una patada abrió la verja de madera y avanzamos por un sendero hasta una terraza bañada de luz de luna – aquí nunca viene la policía – me dijo, y yo sonreí incrédulo, menudo lío se me armaría si me detenían allanando una casa, bebiendo cerveza con una menor:
(CORRUPTOR DE MENORES ALLANA CASA EN EL PUERTO, LOS FAMILIARES DE LA NIÑA PIDEN SUS TESTÍCULOS )
Fue hasta que ella sacó de su bolsa una llavecita – la casa es de un amigo - que yo dejé de pensar en luces destellantes y celdas frías.